Quinto paso

Quinto paso: marcado de las costillas. Separación del resto de vísceras.
(Miedo de que el archipiélago en el que me encuentro continúe soñando con un arrabal para una milicia de aparecidos.)

Cuarto paso

Cuarto paso: apertura de las caderas. Extirpación del ano y del colon.
(Miedo. Por primera vez. De abrirme paso rompiendo ombligos. Miedo del barro. De la mezcla de sangre, baba, arcilla y calcio de los huesos.)

Tercer paso

Tercer paso: desollado. Corte de los brazos. Serrado de los genitales en hombres.
(Me incordiaba el frío. En el exterior la temperatura era agradable. Un cálido mes de las flores. Oí un chillido tan agudo y cortante como la rueda de un coche que frenara a destiempo.)

Segundo paso

Segundo paso: corte de los muslos. Corte de la cabeza, separándola del cuerpo. Extirpación de la lengua.
(Pasé entre mesas sin recoger. Restos fermentados de comida y moscas que los sobrevolaban. Caminé hasta la cámara frigorífica en la que se guarda la comida para los prisioneros. La abrí y entré en ella. Dejé una paloma muerta en una de las baldas.)

Primer paso

Primer paso: degüello, después del transporte y del posterior lavado.
(Entré en el edificio y me dirigí a la cocina, situada en la misma planta, justo detrás del comedor, y enseguida me recibió un olor a podredumbre.)

DZ 6

Le arañaba los brazos

Le arañaba los brazos, pero la mujer se centró en sujetarle la cabeza. Quería evitar que el zeta le mordiera. Ella empujó con las dos manos hacia arriba al tiempo que el zombi empujaba en dirección contraria. Le golpeó entonces con una rodilla en la ingle, pero el zeta no pareció sentir dolor. Ojos vidriosos, apáticos, vacíos, desnudos, y también perseverantes, insaciables. Dejé de mirarlos. Ella giró el cuerpo y cambió de postura, situándose encima de él. Cuando pudo ponerse en pie, le pateó el abdomen y el tórax, pero el zombi logró morderle una de las pantorrillas.
Imágenes que llegan sin avisar. Una procesión de cruces que viaja en decenas de barcas y colmará el agua de ruido, rostros ensombrecidos y difuminados entre aguas negras. Ahí termina la historia.

Recluido

Recluido dentro de una urna. Como si eso sirviera de algo. Como si alguien pudiera esconderse. Como si la anestesia de los sentidos, dentro del habitáculo insonorizado de mi cabeza, no se rebelara desde dentro y emergiera en cada respiración, infestando el aire de congoja. Como si fuera mejor no despertar. El proyecto asegura que la finalidad del matadero es alimentar a los zetas más débiles y a los incapacitados. Esta algarabía de patio de colegio sin profesores desdice tal aseveración: unos humanos corren, otros tratan de esconderse, otros chillan, mientras un rebaño de zombis, vomitado de la nada, hace todo lo posible para recordarme lo que soy.

Simples

Simples. Los de toda la vida, la sangre pura. Lo que todos deberíamos ser, dicen los nuevos teóricos de la zombilogía. Cerca de un ascensor, uno de ellos arrastra la pierna izquierda. Está muy sucio, manchado de hierba y barro, y vestido con harapos. El humano corre en dirección opuesta. Es joven y está en forma, pero ese no es el problema. Los simples nunca están solos. Una tropa pestilente, semidesnuda y hambrienta que aparece y desaparece sin un compás previsible. El humano no puede escapar. Lo sujetan varias manos, lo desgarran, lo devoran.

Por encima de todo

Por encima de todo resalta el silencio. Eso graba una ligera presión en el entorno. El mismo de los últimos días. También en la ciudad, no solo aquí. Silencio roto por estampidas. Silbidos encadenados e intermitentes en los que el sueño y el hambre se arrugan.
Miro hacia lo alto. Azul limpio recortado entre las copas de los pinos y la fachada del edificio principal del matadero, en la que sobresalen los balcones de las habitaciones de invitados. Bajo los ojos hacia la mujer que yace en el césped, desarreglada, como un jarrón que estalló en mil pedazos al caer desde una altura considerable. Tal vez prefirió suicidarse antes que ser devorada.

Días repetidos

Días repetidos, despoblados, mustios. Se acopian en un calendario sin fechas y tiñen de gris la mansa luz de un cielo que lo mira todo desde lo alto. Como si nada diferente pasara en esta tierra, donde unos zombis han construido un matadero. Sebastián también ha sido invitado, como yo, a este sitio dejado de la mano de ZZ. Venimos a una degustación. El cielo, dice mi amigo al llegar, también se ha quedado dormido.

Una paloma

Una paloma yace en el suelo, a medio metro de la ventana. Me fijo en una mancha rojiza y pequeña que hay en el vidrio. Luego vuelvo los ojos hacia el pájaro muerto. Veo entonces el hilo rojo que colorea el pico del ave, y el cuello, que tiene un ángulo antinatural. Como si las palomas también hubieran enloquecido. Como si fueran incorpóreas y pudieran atravesar las paredes y los cristales de los mataderos sin lastimarse.

DZ 5

Vas a entrar (f)

¿Vas a entrar a por más?, me preguntó el niño. ¿A por más qué? Comida. No. Entonces no eres tan valiente. Yo no he dicho que lo sea. ¿Qué vas a hacer, te vas o te quedas?, dije. Depende. ¿De qué depende? No sé. ¿No lo sabes? Bueno. ¿Bueno qué? Iré contigo. Meneé la cabeza. ¿Sabes andar sin hacer ruido?, le pregunté. Sí. Más te vale. ¿Dónde vamos? Lejos, dije. ¿Y cuando estemos lejos? No respondí.

No te acerques (e)

No te acerques, dijo el niño, pregunta desde ahí. Suspiré. Un chico cabezota. ¿Cuánto hace que no los oyes?, dije. ¿A los que te hacen correr? Sí. No sé, un rato largo. ¿Cuánto es un rato largo para ti, una hora, dos horas? ¿Una hora es más que media hora? Sí, es el doble. Entonces una hora es un rato muy largo, replicó el niño. Miré en dirección a la calzada. Atravesaba de punta a punta las calles desiertas. Una vía extinta que parecía un hilo acostado en una horizontal paralela a la del cielo. Una esterilla de asfalto construida a pocos kilómetros del matadero y que parecía llevar muerta mucho tiempo. ¿Sabes calcular el tiempo que dura una hora?, le pregunté. No, dijo. Entonces será mejor que te vayas.

Esperaba (d)

Esperaba a que salieran, dijo el niño. ¿Quiénes? Los que están dentro del supermercado. Yo no he visto a nadie. Miré al chico. Una mañana quieta. Un día sin nubes ni pájaros. Ventanas derramadas y negras, como ojos de muerto en unos bloques vacíos. Le pregunté: ¿Estás seguro? Sí, dijo. ¿Eran de los que te hacen correr? Sí, de esos. Contemplé el paisaje. Un azul despejado que no lastimaba los ojos, inconmovible, segado por un cono volcánico sin apenas pronunciación en el horizonte, al final de la larga y recta calzada a la que las bandas habían dejado sin respiración, la que conducía al matadero.

Quieres (c)

¿Quieres?, ofrecí. Ese truco ya lo he visto. ¿Qué truco? Enseñar algo que me gusta para que me acerque. Creo que te equivocas, los buenos invitan. Y los malos también, y luego quieren otras cosas. Tienes que comer, repliqué. Aún me sigo preguntando por qué tuve ese arrebato de compasión. Dejé en el suelo la lata de piña que había cogido de un supermercado. La señalé con una mano y esperé. El niño caminó, se agachó, la cogió del suelo y retrocedió sin dejar de mirarme. Luego se sentó y empezó a masticar piña. Despacio, sugerí. Pero el niño siguió comiendo como si se hubiera olvidado de hacerlo y quisiera aprenderlo todo al mismo tiempo, masticar y tragar.

Eres una persona normal (b)

¿Eres una persona normal?, me preguntó el niño. Supongo que sí, que soy normal. Un grito apagado rompió el silencio. El niño se estremeció y dio un respingo. Luego retrocedió. Ha sonado muy lejos, dije. Pueden venir hacia aquí. Y también puede que no, yo no me asustaría. Entonces es que eres tonto. Por ahora no me asustaría, corregí. Mi padre se ha vuelto malo, ahora es uno de ellos, dijo. ¿Y tu madre? El niño bajó la cabeza y yo enseguida me arrepentí de haber preguntado.

Vi a un niño (a)

Vi a un niño. Estaba solo, en cuclillas. Llevaba puesto un pantalón corto de color marino y una camisa a juego del mismo tono, y calcetines ennegrecidos que una vez fueron blancos, y unas zapatillas deportivas tan arañadas y sucias como las piernas que tenía al aire. Me acerqué a él. No eres uno de ellos, ¿verdad?, me preguntó. No, mentí. La mañana de un edén plácido, despejada, demasiado silenciosa. Una redada. Se los habían llevado a todos al matadero. Solo quedaba él.

DZ 4

Al carril de desangrado

Al carril de desangrado llega lo que de otro modo se perdería. Los canales confluyen en un gran depósito, emplazado en el centro de la sala de atronamiento. De ahí cualquiera puede servirse una taza roja o un vaso rojo o llenar una jarra de litro. Y también hay un almacén de pieles, y un cuarto de huesos, y un almacén de embutidos, y una cámara frigorífica para las grasas, y un salón de reposo con televisión y vídeo y revistas y acceso a Internet, y vestuarios, y aseos, y hasta un cuarto para pesarlos.

A los bebés

A los bebés zombis y a los zombis muy viejos y a los zetas que perdieron los dientes se les ayuda de este modo: se deshuesa y se corta y se enfría si es necesario a temperatura ambiente y se cuelga de ganchos y se desgaja el músculo de lo demás y se extrae lo que hay dentro y se coloca en montones y se limpia y se verifica que todo está bien.

A la sala de matanza

A la sala de matanza se la llama de atronamiento. Aunque a ningún humano aturde el sonido de los truenos. Tampoco se les tumba de medio lado y se les hiere en las cervicales con un punzón, ni se les golpea el cráneo con una porra. Llegan despiertos, sin escaldaduras, sin depilar, sin rascar, pero bien atados.

A las aves

A las aves les encantan los mataderos. Pero los pájaros son muy peligrosos para los motores. Chocan con los aviones e incendian los aparatos. Por eso este mataderozombi está emplazado tan lejos del aeropuerto, porque de lo contrario el cielo sería un campo de minas.

A favor del viento

A favor del viento y lejos de la ciudad. Esa es la ubicación correcta. Hay que evitar el ruido y el mal olor, las moscas y las ratas, las fotografías y las miradas curiosas. El acceso debe ser fácil y al mismo tiempo discreto. Los zombis lo quieren encontrar sin dar excesivas vueltas y los humanos que están fuera del matadero quieren convencerse de que algo así no existe.