Éxtasis

Éxtasis. El antebrazo derecho del humano con aspecto de gorila golpeó el cuello de la mujer zombi, y los corpúsculos cutáneos muertos vibraron y se emocionaron en imperfecta sintonía con un universo de odio, disarmónico. Todo lo que sucede ahora ensucia las paredes y los techos de hemoglobina zombi.

Recogida de firmas

Recogida de firmas: restregarse con un zombi es asqueroso. Todos están de acuerdo y todos firman como si fuera una broma. Como quien garabatea peticiones de indulto para los cerdos de los mataderos o solicita formalmente la presencia de los reyes magos zombis, los auténticos, el día que corresponde.

Cantaba muy bien

Cantaba muy bien, abierta y banalmente, amistosamente, azuladamente. Su garganta escupía canciones gamberras de Z Pop. A los que las habían prohibido no les gustó eso: subieron al escenario y le partieron el ombligo, y la nariz, y la vagina zombi. Con sus bates de béisbol. Porque era joven y tenía sonrisa azul. Luego le enseñaron una nueva canción y le obligaron a cantarla (cerrada y servilmente, obedientemente, constructivamente). La letra decía así: un pie, cinco deditos, dos pies, diez deditos, tres pies, no puede ser.

Nos distanciamos

Nos distanciamos cada vez más. Los vivos de los no vivos. Los vivos de los que mueren cada mañana cuando suena el despertador, los que desayunan leche gris. Los vivos, zombis y no zombis, de los que se acuestan con las semanas y toman felicidad cada ocho horas. Los vivos joden y ríen y se trajinan a la muerte mientras soplan. Las nuevas bandas los persiguen por eso, y les revientan los cráneos.

Para esta pareja

Para esta pareja zombi lo importante era matar a los viejos sin amor, infectados de puntos de vista (culturales, sociales, laborales), dominados por las imponentes alturas de las conversaciones y los techos. ¡Cuánto viejo deforme! ¡Cuántas horas dedicadas a la limpieza! Embadurnados en sangre, la de sus víctimas, subían luego a la luna y follaban a gritos hasta el amanecer.

Eran más de cien

Eran más de cien. Eran jóvenes. Para las autoridades no tenían valor alguno. Rompían cristaleras, derribaban farolas, acostaban a los vehículos aparcados en sueños de humo y gasolina. Eran inmaduros, ¿queda claro? Zombis jóvenes, jóvenes violentos. Y la humanidad y las formas y el equilibrio y los otros zombis, los que dormían delante y detrás de pantallas de plasma, les importaban una mierda. Los persiguieron. Los despedazaron. Sacaron sus restos de la ciudad en camiones de basura.

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F I N D E L A C U A R T A P A R T E:

E N T R A D A S 301 A 400

(A N A T O M I A Z O M B I)

Cuatrocientos

Cuatrocientos, han pasado cuatrocientos días. La conocí y no ocurrió nada. Pocas semanas después, sentí cierta incomodidad. Nada importante. Luego empecé a evitarla, no supe entonces exactamente por qué. Y de repente, sucedió. Antes, todo estaba oscuro. Pero ella llevaba el fuego, lo llevaba dentro, dentro de ella. Después vinieron días de deslumbramiento y estupor. Y después el ansia, un hambre diferente, que lo exigía todo. El resto ya lo sabes. Tras una larga espera, ha sucedido. Nos encerramos en mi casa y entré en ella. Y aunque llevamos juntos un tiempo, aún tenemos hambre el uno del otro. Así que, por favor, no me lo pidas.
Mi discurso no sirvió de nada. Sebastián, desde la puerta, como representante del nuevo orden zombi, repitió sin inmutarse: Tienes una semana para terminar con esto, ni un día más.

Espermatozoides

Espermatozoides zombis. Asedian a uno de los óvulos de la humana. Son millones. Un ejército de orcos alrededor de la fortaleza de Minas Tirith. El óvulo se dirige a uno de los espermatozoides, al elegido, y le dice: No intentes golpearme, golpéame. Eres más rápido que los otros. No pienses que lo eres. Sabes que lo eres. El espermatozoide zombi se lo creyó. Empujó con más fuerza y entró en el óvulo. Luego lo devoró desde dentro.

Fisiología

Fisiología zombi. Uno de los sociólogos más importantes y reconocidos del panorama internacional indaga en su libro, con valentía, en nuestra sociedad contemporánea. Desvela la apariencia paradisíaca de una sociedad de zombis idiotizados (fisiológicamente, humanos y zombis) gobernada por una minoría de zombis sin escrúpulos (fisiológicamente integrada también por humanos y zombis). Todo, con un estilo sutil, metódico y elegante.
Yo volvía a casa, para esconderme, y le reconocí. Ahí estaba. El de la solapa del libro, casado desde hacía treinta y dos años con la misma mujer. Le seguí y entré en su casa unos minutos después de que él lo hiciera. La honorable hormiguita mantenía a su esposa atada a la cama con correas. El hombre salió un momento y yo aproveché para entrar en el dormitorio. La mujer me vio y abrió los ojos desmesuradamente. ¿La asusté? ¿Me pedía ayuda? ¿Había yo interrumpido un excitante juego de alcoba? Cada cual aguanta su vela como puede, ¿verdad señora?, le dije antes de irme.

Inspiración

Inspiración. Un literato se lamenta: los hay que pierden el tiempo. Con viñetas, con guiones de televisión, con temáticas de serie B. Be de burros. Los hay que pierden el tiempo en lugar de dedicarse a la alta literatura. Por ejemplo: inspiración: la lluvia se precipitaba desde un edificio de nubes impasibles, anegando los tejados de las mansiones, flanqueadas por árboles en hilera. Un comienzo prometedor, pero los que pierden el tiempo enseguida lo estropean: bajo el cielo encapotado, frente a las casas, había un zombi hambriento. Era yo. Y todo puede empeorar: inspiración zombi: entré en la vivienda del literato con principios, y antes de que aquella persona exquisita (nobilísima, respetable; la literatura, quiero decir) abriera la boca, empecé a destriparla.

Estómagos

Estómagos zombis. Alguna vez ha pasado. Un zombi cree que puede alimentarse del aire. O, peor aún, que no necesita comida. Atención a la frase que viene ahora: con el amor tiene suficiente. Los estómagos zombis, de la risa floja que les entra, se mean en los intestinos al oír eso. Mi estómago cruje. Ya está bien de anatomía humana. Salgo a la calle y busco con qué tranquilizarlo. Escojo la casa de uno de los soldados que apunta a los zombis con su mirilla telescópica. Entro. La familia está reunida en el comedor. El soldado. Una esposa que parece muy asustada. Una niña preciosa que le pregunta a su padre si soy un zombi. ¿En qué lo notará?, me pregunto. ¿Tan hambriento parezco? Termino lo que he venido a hacer. Pero a pesar de haber cumplido, mi estómago no para de reír.

Palabras

Palabras. Lamenté su ausencia. Creí que a través de las palabras la humana y yo, zombi más que hambriento, nos acercaríamos. No fue así. Hablaron nuestras anatomías. Y a mí, persistente redactor de palabras que adoptan la forma de un diario, no me ha quedado otro remedio que aceptar lo que tantos han dicho: según para qué, las palabras, más que superfluas, son inútiles.

Vestía como un hidalgo

Vestía como un hidalgo de nuestro tiempo. Traje oscuro y corbata elegante. Reloj de marca. Cartera forrada en piel, la de algún humano que tal vez se la dejó arrancar. Esta historia va de luchas internas: el zombi elegante señaló la pared en la que otro zombi, uno macarra, había escrito ZOMBI POWER ZOMBI FREE, y dijo: Basura. Después de soltar esa palabra, se marchó por donde había venido. No se dio la vuelta. Ni siquiera para comprobar si los que trabajaban para él borraban el grafiti. Tampoco para cerciorarse de que, como había ordenado, para limpiar empleaban la sangre del zombi que había escrito aquello.

Tendones

Tendones zombis. Gracias a ellos somos elásticos, muy elásticos, bastante más de lo que los humanos suponen. Flexiono las rodillas y me arrojo al mar, impulsado con fuerza por mis tendones. No necesito coger aire. Tampoco luz. Enseguida llego al fondo. Aquí, en el abismo, donde estoy ahora, unos peces deformes acostumbrados al frío, a la presión y a la oscuridad me acarician dulcemente, como si yo fuera uno de los suyos.

Terminaron también

Terminaron también las lecciones de anatomía. No es necesario que Vera permanezca escondida en mi casa. Quién sabe. Puede que a partir de ahora sea yo quien deba esconderse. Al menos durante un tiempo. Las noches aún pertenecen a las farolas amarillas y a los silencios, pero quien ahora rasga la mortecina luz son los zombis, con sus gemidos. Nuestros cráneos se desmenuzan al son que marcan los bates de béisbol que empuñan los humanos, reunidos en bandas.

Se acabó el recreo

Se acabó el recreo. Los zombis que caminaban como muertos vivientes por las calles, los de las pelis, han sido despiezados. Como puzzles en la sala de juegos de un jardín de infancia. Llamaban mucho la atención. He visto miembros de bandas zetas que parecían alacranes cubiertos de hormigas. Cumplían el refrán que asegura que quien a hierro mata, a hierro muere. Y hay una tercera persecución. Como Capuletos y Montescos. El régimen en ciernes quiere que nos dejemos de mestizajes. Los humanos, en el plato, no en el dormitorio de un zombi.

Venas

Venas zombis. Escuetas, clarificadoras, responsables, vacías. Todo al mismo tiempo. Se soliviantan contra mí. Me exigen que luche, pero yo soy incapaz. Las venas zombis y los pensamientos zombis son opuestos, se rechazan como peregrinos de diferentes religiones. Sospecho que las venas zombis se confiesan ante mí para que ensamble las piezas que mi comprensión, desgarrada, confunde dentro de mi cerebro. Las venas agitan los brazos en señal de socorro: algo se hunde, algo no va bien. Son tan exageradas. Y tienen tantos principios. Quieren cumplir todo el tiempo. Les puede el superyó zombi. Las venas quieren estudiar oposiciones a lo que sea (shhhhh, y prepararlas en secreto) y aprender idiomas, pero a mi irresponsable cerebro zombi solo le interesan dos cosas: sexo con humanas y comer humanos, esto último sin distinciones de género.

Voy a disfrutar

Voy a disfrutar viendo cómo muere, señor Anderson, dijo el zombi. Luego se abalanzó sobre el humano que se creía el salvador de la humanidad. Se mordieron el uno al otro, repetidamente, hasta que en el suelo de la estación de metro solo quedó carne troceada de ambos. A nuestro líder y maestro le hizo tanta gracia esa escena que ordenó filmar dos secuelas más de aquella película.

Dirigentes

Dirigentes. Un zombi egocéntrico y maníaco se mete en el negocio de la música y alcanza el éxito con canciones de letras provocativas. Luego es elegido presidente y monta la de Dios. Tiene la facultad de sostener opiniones contradictorias simultáneamente y nadie parece darse cuenta. Es lo que se llama doblepensar. Hay más y peores cosas: guerra de la información, manipulación, propaganda, terrorismo de estado, genocidio. Pero la imagen que la mayoría conserva de él es la de un cantante pop algo gamberro. En fin, no es la primera vez que sucede. Jefes de estado zombis que antes fueron actores de segunda en pelis de vaqueros. Gobernadores zombis que antes de ratificar sentencias de muerte, en las pantallas de cine se metieron en la piel de algún cyborg asesino de hombres. Por poner dos ejemplos.

Teléfonos

Teléfonos. También forman parte de la anatomía de un zombi. Adheridos a las manos por una fina película viscosa, o pegados a las caderas a través de la tela de los pantalones, o sujetos a los pabellones auriculares como si fueran pinzas. Hay zombis que viven en el mismo mundo de Oz de los humanos. Teléfonos como localizadores personales. Fijan permanentemente la posición de cualquier zombi en cualquier parte del globo. Si les obligaran a llevarlos, protestarían. Si se los cosieran por dentro, chillarían. Pero si pagan por ellos, eligiendo antes el modelo, son felices.

Abróchate el cinturón

Abróchate el cinturón, Dorothy, porque vamos hacia el mundo de Oz. Humanos que no quieren creer en zombis a pesar de lo que han visto. Son los que aún afirman que el alunizaje de Armstrong fue un montaje. Hoy aseguran que el matadero de humanos es una fantasía. Que la masacre del instituto fue obra de unos terroristas. Que las bandas de zetas están formadas por ultras del fútbol. Revisionismo zombi, negacionismo zombi: dícese de los humanos que opinan como zombis acerca de los zombis.

Anatomía Seis

Anatomía Seis: ahora, la moraleja, algo que siempre agrada a los padres de los jóvenes que leen. El entierro. El padre de la chica tuvo palabras de agradecimiento para todos. Gente buena. Como el amigo bueno, el que suponían que debió de estar al lado de su hija, apoyándola. No sucedió así, pero el amigo bueno recibió su homenaje, con placa conmemorativa incluida. Del otro chico, del que de verdad estuvo al lado de ella, nadie se acordó. Decidieron seguir convencidos de que el chico raro era un zombi.
Una noche, el padre despertó. Temblaba. Sudaba. Tenía experiencia, la suficiente como para saber que nadie es bueno, que los buenos van tan disfrazados como los demás, que los que van de buenos muchas veces son los peores. Se vistió, cogió un cuchillo de cocina, salió a la calle y buscó la placa de letras doradas. Con rabia, la raspó con el cuchillo, hasta que borró el nombre.

Arrugas

Arrugas zombis. Diminutas, casi microscópicas, imperceptibles. Cada vez que un zombi se acuerda de una humana (no para comer), le sale una. Hombres zombis acartonados, cartografiados como dolorosos mapas, envejecidos por la sal. Una vez, solo con un roce, sus pequeñas manos blancas borraron todos los surcos dibujados en mi piel muerta.

Silencio

Silencio. Los miembros de las bandas zetas ya no son los dueños de las calles. Las calles, ahora, están vacías. Han extirpado de ellas a los zombis, a los que las golpeaban como a putas. Rabiosos, heridos, salvajes, los miembros de las bandas se han escondido. Las calles ya no tienen sombras. Solo luces amarillas, calladas, muertas.