Entrevistas a bandas zetas, toma 6
Entrevistas a bandas zetas, toma 6: No, claro que no voy por ahí matando humanos sin ton ni son. No sé de dónde sacas esas ideas. No, nunca he ido al psiquiatra, ni he tomado medicinas para los que están mal de la chorla. Mira, me gusta enredar un poco, y a veces puede que me pase con alguna broma, pero no soy un zombi sin cerebro, no soy un puto zombi idiotizado, así que ya vale. Sí, ya está, he terminado, no pienso decir ni una palabra más, no voy a seguir hablando contigo. Serás cabrón.
Entrevistas a bandas zetas, toma 5
Entrevistas a bandas zetas, toma 5: Sí, es cierto. No, no me importa reconocerlo. Alguna vez se me ha pasado por la cabeza. Volar el matadero de humanos. Una bomba y todo a tomar viento. Hasta el último ladrillo. No nos merecemos otra cosa.
Entrevistas a bandas zetas, toma 4
Entrevistas a bandas zetas, toma 4: Pues sí, ya que lo preguntas, te diré que sí. Prácticamente todo tiene fecha de caducidad, es desechable. Los principios zombis ni siquiera es que huelan a rancios. Están más muertos que nosotros. Apestan más que nosotros. Se murieron hace mucho tiempo. Esa es nuestra filosofía.
Entrevistas a bandas zetas, toma 3
Entrevistas a bandas zetas, toma 3: Me parece muy bien que tengas tan buen concepto de ti mismo y que no te creas tan gilipollas como opinas que somos nosotros, los de las bandas. Lo que no sé es por qué te permites adjudicarnos el papel de malos de la película y te crees que estás en el bando de los buenos. Como si no te los comieras. Como si fuera más decente usar el tenedor en lugar de las manos. Sí, lo estás haciendo. Y lo que es peor, además de clasificarnos en la casilla destinada a los idiotas, te burlas de nosotros de la misma manera que nosotros hacemos con los demás. Usas las mismas armas y los mismos dientes, y sin embargo te crees mejor. Eso sí que es una ironía, ¿no te parece?
Entrevistas a bandas zetas, toma 2
Entrevistas a bandas zetas, toma 2: ¿Sabes qué no es prescindible, de usar y tirar? La música de Z Pop, por ejemplo. ¿Te gusta Z Pop? Claro que es otra ironía, joder. No voy a tirar del altar a Dios Zombi o a la Patria Zombi o a la Familia Zombi para colocar ahí a Z Pop. ¿Cómo tengo que explicártelo para que lo entiendas?
Entrevistas a bandas zetas, toma 1
Entrevistas a bandas zetas, toma 1: Creo que he sido bastante claro, de modo que no sé a qué viene eso. No, no me estoy riendo de nadie. No, tampoco me he colocado antes de que empezaras a grabar. Bueno, eso no es muy amable. Si de verdad piensas así de nosotros, no sé para qué nos grabas. Mira, no somos nazis ni nada que se le parezca. Nos reímos de lo que nos parece ridículo, y te guste más o te guste menos, lo cierto es que vivimos en una era zombi bastante grotesca, en la que casi todo es de risa. De reír por no llorar. Lo que nosotros hacemos con las cosas es darle esa última vuelta de tuerca que les hace falta para que se revelen como la gran mentira que son.
El público esperaba un final (f)
El público esperaba un final. Había aumentado en número. Apenas quedaban asientos libres. El perro sacudió el lomo y salpicó de sangre a los que estaban cerca de él. El niño estaba tirado en el suelo, con las piernas abiertas en una posición imposible, y sin brazos. Sus labios habían virado al azul y sus mejillas a un desteñido color crema. Miraba a ninguna parte. Aún respiraba. Entré en el círculo de tierra. Me habían dicho que esos perros no mordían a los zombis, pero yo no estaba seguro. Mirando los ojos furiosos del animal, cualquiera habría dudado. El perro retrocedió. Quizá también quiso saber qué pintaba yo en medio de aquel espectáculo. Me agaché y acaricié la cabeza del chaval. Un pelo estropajoso, enmarañado, sucio. Luego hice aquello para lo que había entrado en el círculo de tierra: cogí la barra metálica con la que el niño se defendía y se la hundí en el cráneo.
Cuánto va a durar (e)
¿Cuánto va a durar esto?, pregunté. Lo que el chico diga o lo que el perro diga, respondió el guardián. Le habían entregado una barra de hierro para defenderse, de lo contrario la lucha habría concluido en pocos segundos, y al parecer el muchacho sabía cómo usarla. La cabeza del perro sangraba y el animal se había concedido un respiro. De cualquier modo, aquello iba a terminar deprisa. El niño no resistiría otro ataque. Quiero llevármelo, anuncié. El guardián meneó la cabeza. Me miró como si yo fuera uno de esos zombis idiotizados con los que no se puede razonar. Mira, dijo, el chico ya no está con nosotros, te parece que está, pero no está, está muy lejos, se marchó hace tiempo, ¿entiendes?, aquí solo quedamos nosotros y los perros.
Conseguí situarme en primera fila (d)
Conseguí situarme en primera fila. La cabeza del niño colgaba descuidadamente hacia delante y hacia los lados, como si no pudiera estarse quieta. Un hilo rojo emergía de sus labios y buscaba el suelo. Estaba sentado con las piernas cruzadas. Tenía arañazos en los muslos y mordeduras por todo el cuerpo. El perro le había arrancado la mano izquierda. Tiene aguante el chico, ¿eh?, dijo el guardián.
El guardián (c)
El guardián me enseñó la celda en la que esperaban turno los otros humanos. Reconocí enseguida al niño. Me detuve al pasar delante de él. Un chico cabezota. No quiso venir conmigo. Y había acabado allí, en el matadero. ¿Cuánto?, pregunté al guardián. ¿Cuánto qué?, replicó extrañado. ¿Cuánto queréis por el niño? El guardián se echó a reír. ¿Te parece esto un supermercado?, dijo. Me gustaría quedármelo, insistí. No puede ser. ¿Por qué no? Porque no. El guardián me cogió del hombro y me empujó hacia fuera. Ya no era amable. Lo último que dijo tampoco fue muy conciliador: Vosotros, los finolis de mierda, creéis que podéis venir aquí y tratarnos como si los idiotas que solo saben correr detrás de la comida fuéramos nosotros, pero estáis muy equivocados.
Me llevaron al teatro (b)
Me llevaron al teatro. Parecía un circo de juguete. Una jaula circular, y dentro, un escenario de cinco metros de diámetro, rodeado de bancos y sillas viejas y hasta mecedoras. Los miembros de las bandas hablaban a gritos y reían, mientras esperaban. Trajeron a uno de los perros atado con una cadena y lo soltaron en el círculo. Luego trajeron a una mujer, a rastras. Ella vio al animal y quiso huir, pero no se lo permitieron. Los zetas rugieron y empezaron a apostar acerca del tiempo que la mujer aguantaría.
Oí ladrar a unos perros (a)
Oí ladrar a unos perros y pregunté. Claro, son perros, nuestros perros, me explicó un zeta con un círculo rojo tatuado en el antebrazo derecho. Tenían a los animales en un pequeño edificio anexo al principal. Tras una puerta de madera alta y pesada descubrí las jaulas. Había un perro en cada una de ellas. Un vigilante se acercó a mí. ¿Quiere verlos?, no tenga miedo, nos gusta enseñarlos, dijo. Ojos amarillos, mates, hundidos en una depresión, y dientes que parecían cuchillas, también amarillos, escarpados, dentro de una boca torcida. Están sedados, me explicó, de lo contrario nadie aguantaría ni dos minutos en el matadero, del escándalo que montarían. Nuestros perros. Eran como algunos de nosotros, rabiosos y ciegos. Solo querían morder.
No te escapes
No te escapes, dijo la siguiente chica. El zombi guapetón la miró de reojo y preguntó: ¿qué quieres saber de mí? La joven quería conocerle, simplemente eso, y la pregunta que se le ocurrió para averiguar quién era por dentro aquel malnacido de tan buena planta fue: ¿cuál es tu color favorito? Ella pronunció cada sílaba muy despacio y con gran formalidad, como si lo que estuviera en juego fuera otra cosa, quizá el secreto de la vida eterna. El zombi sintió el impulso de responder: rojo, rojo como la sangre. Pero se contuvo. También quiso decir negro, pero lo que dijo fue: blanco, porque el blanco es puro, el blanco es la suma de todos los colores. Ella sonrió y enseñó una inmaculada hilera de dientes blancos. Más tarde, todo cambió de color.
Sigues enfadada
¿Sigues enfadada?, le preguntó el zombi de sonrisa perfecta. Ella respondió que sí, mucho, muchísimo, él ni se imaginaba cuánto. No era para menos. El día anterior había invitado a su mejor amiga al cine. A ella no, a su mejor amiga, que ya no parecía tan buena amiga. La muy zorra. ¿Me perdonas si te pido disculpas?, dijo él. Ella respondió que sí, siempre que el arrepentimiento fuera sincero y él también la invitara a ver la peli romántica de vampiros basada en una novela de Meyer. Lo que tú digas, mi amor, dijo él. A ella empezó a latirle el corazón muy deprisa. Aunque luego, en la misma dependencia del matadero en la que estuvo su amiga del alma, latió aún más rápido. Mucho más. Bastante más.
La adolescente
La adolescente adquirió plena conciencia de que su zombi favorito, el guapo de sonrisa y modales perfectos, estaba sentado a un palmo de ella. Estuvo a punto de tocarle, incapaz de frenar sus impulsos, de acariciar sus mejillas recién afeitadas y rociadas con Seduction Pour Homme Tentation. Qué loca estás, se dijo. Desvió los ojos al suelo, ya que empezaba a hiperventilar. Se encendieron las luces. Ella se dio cuenta entonces de que su zombi favorito no la había llevado al cine, sino a un matadero.
Resguardarse en un castillo
Resguardarse en un castillo es una de las recomendaciones habituales en caso de apocalipsis zombi. Pero no se crea que las construcciones que hoy quedan en pie son como las de antaño. La mayoría de los fortines son decorativos, buenos para enseñarlos a los turistas, pero completamente inútiles como lugar de defensa. Tienen más espacios por los que entrar y salir que una red de peces de diez pulgadas. Carecen de foso. Y de armas, o las que poseen son pocas e inservibles. No están acondicionados para vivir, ni para almacenar alimentos. Entréguese. Llame directamente a la puerta del mataderozombi. Le ahorraremos malos ratos. Aunque consiguiera resistir algún tiempo, las dos partes sabemos como terminará el asunto.
Respecto a las armas
Respecto a las armas, les aconsejarán que cojas un bate de béisbol, o un palo de golf, o una motosierra, o una katana, o una pistola. A ver, ¿juegan al golf? Si la respuesta es afirmativa, les felicito, pero sigamos con la mayoría, que habrá respondido negativamente. ¿Cuántos de ustedes tienen un bate de béisbol ya comprado? Lo imaginaba. Entonces, de la katana y de la motosierra ni hablamos. Queda la pistola. ¿Tienen licencia de armas? ¿Guardan una pistola en casa? ¿Saben disparar? Les advierto que solo vale pegarnos un tiro en la cabeza, el resto del cuerpo no da puntos. Me dirijo a la mayoría, que habrá respondido a todo que no. ¿Tienen zapatillas de deporte? Esa es su arma. Pónganselas y echen a correr.
Tácticas
Tácticas de supervivencia para un holocausto zombi de ámbito local, como el que nos ocupa. Si quiere saber lo que ocurre, mire por la ventana. Nunca vea la televisión, y si comete el error de mirarla, al menos quítele el volumen, y si ha oído lo que dicen, no haga caso. Nunca. Menos aún cuando empiecen a hablar las autoridades. Si piden que todo el mundo evacúe la zona lo antes posible por amenaza zombi, debe quedarse en casa, si es que quiere sobrevivir. Si recomiendan que nadie salga a la calle y que no cunda el pánico, suba al coche y salga lo antes posible de la ciudad, y asústese, porque habrá motivos.
Tierra
Tierra, repitió. En ese lugar de la fachada, el bajante de un canalón recorría verticalmente el edificio principal del matadero. Aún no lo habían desnudado, tenía puestas sus zapatillas de deporte. Era veloz y le gustaba correr. La tierra le daba fuerzas. Apoyó los pies en la cornisa y sujetó el cilindro del bajante con una mano. Cogió impulso y se agarró con la otra al tubo de metal. Empezó entonces a descender, lentamente. Si piso la tierra, tendré una oportunidad, pensó. Se escurrió a cinco metros del suelo. El tobillo derecho se dobló como si fuera de papel. Gritó de dolor. Trató de ponerse en pie, pero no pudo. Tocó entonces la tierra con las manos y metió los dedos en ella. Cerró los ojos. Tierra, repitió mientras se acercaban.
Júpiter
Júpiter es otro sobrenombre que ha adoptado nuestro líder y maestro, ZZ, el mejor, el más sabio de los zombis. Al contrario que los pueblos antiguos, que seleccionaban a los más fuertes y sacrificaban a los recién nacidos con taras físicas, nuestro Júpiter considera que en la pirámide zombi, el lugar más alto corresponde al zeta que no habla y no piensa, al que extiende los brazos, babea y chilla como un idiota, al que es tenaz y simple, al que alimentamos en los mataderos, al que difícilmente sobreviviría mucho tiempo sin nosotros.
Marte
Marte es rojo, y es guerra, y en su interior los huesos son de hierro, y es un guerrero zombi que no necesita armadura y exige sacrificios, y muerde sin lanza, y pelea sin casco ni escudo. Os sigue de noche sin alumbrarse con antorchas. Su imagen, la de un círculo rojo, está grabada en los antebrazos de los miembros de las bandas zetas. Ellos corren detrás de los humanos, y cuando los capturan, llenan en su honor las despensas de los mataderos.
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