Vas a entrar (f)
¿Vas a entrar a por más?, me preguntó el niño. ¿A por más qué? Comida. No. Entonces no eres tan valiente. Yo no he dicho que lo sea. ¿Qué vas a hacer, te vas o te quedas?, dije. Depende. ¿De qué depende? No sé. ¿No lo sabes? Bueno. ¿Bueno qué? Iré contigo. Meneé la cabeza. ¿Sabes andar sin hacer ruido?, le pregunté. Sí. Más te vale. ¿Dónde vamos? Lejos, dije. ¿Y cuando estemos lejos? No respondí.
No te acerques (e)
No te acerques, dijo el niño, pregunta desde ahí. Suspiré. Un chico cabezota. ¿Cuánto hace que no los oyes?, dije. ¿A los que te hacen correr? Sí. No sé, un rato largo. ¿Cuánto es un rato largo para ti, una hora, dos horas? ¿Una hora es más que media hora? Sí, es el doble. Entonces una hora es un rato muy largo, replicó el niño. Miré en dirección a la calzada. Atravesaba de punta a punta las calles desiertas. Una vía extinta que parecía un hilo acostado en una horizontal paralela a la del cielo. Una esterilla de asfalto construida a pocos kilómetros del matadero y que parecía llevar muerta mucho tiempo. ¿Sabes calcular el tiempo que dura una hora?, le pregunté. No, dijo. Entonces será mejor que te vayas.
Esperaba (d)
Esperaba a que salieran, dijo el niño. ¿Quiénes? Los que están dentro del supermercado. Yo no he visto a nadie. Miré al chico. Una mañana quieta. Un día sin nubes ni pájaros. Ventanas derramadas y negras, como ojos de muerto en unos bloques vacíos. Le pregunté: ¿Estás seguro? Sí, dijo. ¿Eran de los que te hacen correr? Sí, de esos. Contemplé el paisaje. Un azul despejado que no lastimaba los ojos, inconmovible, segado por un cono volcánico sin apenas pronunciación en el horizonte, al final de la larga y recta calzada a la que las bandas habían dejado sin respiración, la que conducía al matadero.
Quieres (c)
¿Quieres?, ofrecí. Ese truco ya lo he visto. ¿Qué truco? Enseñar algo que me gusta para que me acerque. Creo que te equivocas, los buenos invitan. Y los malos también, y luego quieren otras cosas. Tienes que comer, repliqué. Aún me sigo preguntando por qué tuve ese arrebato de compasión. Dejé en el suelo la lata de piña que había cogido de un supermercado. La señalé con una mano y esperé. El niño caminó, se agachó, la cogió del suelo y retrocedió sin dejar de mirarme. Luego se sentó y empezó a masticar piña. Despacio, sugerí. Pero el niño siguió comiendo como si se hubiera olvidado de hacerlo y quisiera aprenderlo todo al mismo tiempo, masticar y tragar.
Eres una persona normal (b)
¿Eres una persona normal?, me preguntó el niño. Supongo que sí, que soy normal. Un grito apagado rompió el silencio. El niño se estremeció y dio un respingo. Luego retrocedió. Ha sonado muy lejos, dije. Pueden venir hacia aquí. Y también puede que no, yo no me asustaría. Entonces es que eres tonto. Por ahora no me asustaría, corregí. Mi padre se ha vuelto malo, ahora es uno de ellos, dijo. ¿Y tu madre? El niño bajó la cabeza y yo enseguida me arrepentí de haber preguntado.
Vi a un niño (a)
Vi a un niño. Estaba solo, en cuclillas. Llevaba puesto un pantalón corto de color marino y una camisa a juego del mismo tono, y calcetines ennegrecidos que una vez fueron blancos, y unas zapatillas deportivas tan arañadas y sucias como las piernas que tenía al aire. Me acerqué a él. No eres uno de ellos, ¿verdad?, me preguntó. No, mentí. La mañana de un edén plácido, despejada, demasiado silenciosa. Una redada. Se los habían llevado a todos al matadero. Solo quedaba él.
Al carril de desangrado
Al carril de desangrado llega lo que de otro modo se perdería. Los canales confluyen en un gran depósito, emplazado en el centro de la sala de atronamiento. De ahí cualquiera puede servirse una taza roja o un vaso rojo o llenar una jarra de litro. Y también hay un almacén de pieles, y un cuarto de huesos, y un almacén de embutidos, y una cámara frigorífica para las grasas, y un salón de reposo con televisión y vídeo y revistas y acceso a Internet, y vestuarios, y aseos, y hasta un cuarto para pesarlos.
A los bebés
A los bebés zombis y a los zombis muy viejos y a los zetas que perdieron los dientes se les ayuda de este modo: se deshuesa y se corta y se enfría si es necesario a temperatura ambiente y se cuelga de ganchos y se desgaja el músculo de lo demás y se extrae lo que hay dentro y se coloca en montones y se limpia y se verifica que todo está bien.
A la sala de matanza
A la sala de matanza se la llama de atronamiento. Aunque a ningún humano aturde el sonido de los truenos. Tampoco se les tumba de medio lado y se les hiere en las cervicales con un punzón, ni se les golpea el cráneo con una porra. Llegan despiertos, sin escaldaduras, sin depilar, sin rascar, pero bien atados.
A las aves
A las aves les encantan los mataderos. Pero los pájaros son muy peligrosos para los motores. Chocan con los aviones e incendian los aparatos. Por eso este mataderozombi está emplazado tan lejos del aeropuerto, porque de lo contrario el cielo sería un campo de minas.
A favor del viento
A favor del viento y lejos de la ciudad. Esa es la ubicación correcta. Hay que evitar el ruido y el mal olor, las moscas y las ratas, las fotografías y las miradas curiosas. El acceso debe ser fácil y al mismo tiempo discreto. Los zombis lo quieren encontrar sin dar excesivas vueltas y los humanos que están fuera del matadero quieren convencerse de que algo así no existe.
A través de los conductos
A través de los conductos del aire acondicionado se distribuye el gas, impulsado por un motor de gasolina. No hay que hacerles creer nada. Nadie les dice que se trata de una ducha de desinfección. El gas llega a sus domicilios porque ellos conectan los aparatos. Alguien se dio cuenta de que sacarlos dormidos y trasladarlos así al matadero es mejos para todos.
No existen los uniformes
No existen los uniformes. Los humanos están desnudos dentro del matadero. Los desinfectan al llegar y no vuelven a vestirse. Cuando pasan de ese modo delante de los guardias, estos siempre cuentan el mismo chiste: Has entrado por la puerta, pero saldrás por nuestro tubo digestivo.
Clasificados según el color
Clasificados según el color, con un triángulo marcado al rojo vivo en la piel. Estos son los que se utilizan para algunos de los machos: obesos hombres de negocios (rojo), jóvenes de imponente masa muscular y alcohólicos de fin de semana (verde), depresivos con demasiadas horas de videojuegos (rosa), adolescentes que están pegando el estirón (azul), ancianos con poco aprovechable (morado) y enfermos crónicos (negro).
Las torturas
Las torturas, los baños con agua a presión, los insultos, nada es gratuito. No es por odio hacia los humanos. Es más simple de lo que muchos imaginan. Sencillamente, esas prácticas reblandecen la carne.
Vida interior
Vida interior. Es la tesis de un psicoanalista zeta. Una rica vida interior, la libertad de espíritu, ayuda a los humanos a soportar mejor la vida en el matadero. Resulta curioso observar cómo la mayoría de los hijos musculosos de los gimnasios y de los anabolizantes se derrumba antes que el resto, aunque su naturaleza física sea más robusta que la de, por ejemplo, las escuálidas ratas de biblioteca. Eso sí, casi todos preferimos en el plato a los atléticos. De hecho, una de las actividades obligatorias que tienen los prisioneros es una hora diaria de gimnasio.
Una leyenda urbana
Una leyenda urbana asegura que los humanos que perseveran sobreviven: los que no se suicidan y soportan violaciones, golpes, el pánico y las duchas, los que no piensan todo el tiempo que son comida, los que olvidan que se han transformado en cerdos y que viven en un matadero, los que trabajan duro y no lloran por los niños, ni gastan energías inútiles, ni tienen pensamientos inútiles, los que no se autocompadecen, los que enseñan su brazo a los guardias y los retan y les escupen y les dicen muérdeme, hijoputa, zombi de mierda. Pero nada de eso es cierto. No hay testigos para futuros documentales. No hay supervivientes.
Treinta kilómetros
Treinta kilómetros de largo y veinte de ancho. Sin embargo, a pesar de esta forma rectangular, los muros que rodean el recinto parece que formen el contorno de una paloma. Eso respondería si un psiquiatra me mostrara, como si fuera un dibujo del test de Rorschach, la única fotografía aérea que se conserva del matadero.
Las lápidas
Las lápidas, pregunta Sebastián. ¿Las lápidas? ¿Qué lápidas? ¿Qué dices? ¿Quién necesita lápidas? Me da por reír. Sigo escribiendo acerca del funcionamiento del matadero instalado en las afueras y no puedo parar de reír.
Sin agua
Sin agua, la piel de los humanos se deteriora con rapidez, la sangre se espesa, los labios se cuartean y pierden su jugo. La hidratación no supone un gasto supérfluo, sino una ventaja: se deshechan menos humanos y el grado de satisfacción zombi también es mayor.
Los establos
Los establos están preparados para evitar que la carne se deteriore. Salvo en el caso de que un humano vaya a ser sacrificado en el transcurso de las siguientes veinticuatro horas, debe evitarse la deshidratación, la malnutrición y la falta de higiene.
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