Entrevistas desde fuera, toma 9: No, no me gustan sus entrevistas. Tengo la impresión de que usted se conforma con nadar en la superficie. No indaga, como si tuviera miedo de encontrarse con personas, personas de verdad, dignas de lástima y también de admiración, seres de carne y hueso, y no fantoches. Rebusca entre los esperpentos y ofrece una visión muy sesgada de cómo es la gente. Esperpentos. Esa es la palabra, esperpentos. Eso es lo que le gusta, lo que quiere mostrar, lo que divierte a su inmadurez y a su inconsciencia. Mire, ya está bien, no voy a entrar en su juego, no voy a formar parte de su patochada. Dejé los tebeos, las naves de extraterrestres y los zombis cuando dejé de vestir pantalones cortos. ¿Quiere que diga algo? Pues hablaré, y espero que no cambie ni una sola coma. Debería tomarse en serio lo de la masacre del instituto y dejarse de zombis. Hay muchos padres que ahora mismo están sufriendo por lo que les ha sucedido a sus hijos, y niños que han perdido a uno de sus padres de una forma horrible. ¿De verdad eso le divierte?
Lenguas
Lenguas. Se anudan como hilos que quisieran ligar los bordes de una piel cortada. De esa unión, nacen palabras dignas de Babel. Como las siguientes, que pronuncia mi negra lengua zombi mientras busca la suya: Ooo0OO0ooOh, Dios, podría perderme en su boca y creerme rey de unnnnesssssspaciooo0Oinfinitooo00O.
NZC (New Zombie Culture), toma 8
NZC (New Zombie Culture), toma 8: Einstein dijo que al zombi que no posee el don del hambre insaciable por la carne humana más le valdría estar muerto. Luego soltó la tiza, se alejó de la pizarra y se abalanzó sobre Marilyn Monroe, que estaba sentada en primera fila.
Entrevistas desde fuera, toma 8
Entrevistas desde fuera, toma 8: Se lo dije. A la megagorda necesitada. Deja de hacerte la simpática con tus comentarios de serpiente acosadora. Que sepas que si no fui al instituto es porque de verdad estaba mala. Si me dolía la barriga era de la regla, no de vomitar para no engordar, zorra-siempre-a-la-ofensiva. Y si me salvé, pues qué quieres que te diga, la suerte de las ganadoras. No voy a pedir perdón porque un zombi superrrepugnante no pudo abrirme como si yo fuera una bolsa de Cheetos Crunchy y comerse mis tripas. Y menos aún me voy a justificar delante de una frustrada que va de amiga y no lo es. A esa, con un ojo cerrado y el otro abierto. Eso le dije. Y por cierto, tanto hablar de mí, ¿esa guarra dónde estaba?
Laringes
Laringes zombis. Enumero sus incorrecciones: dicharacheras, banales, de humor grosero. Algunos sospechan que las laringes se lo toman todo a broma. Y hay cosas con las que no conviene frivolizar. Amargas zombis. Así las han apodado algunos. Una laringe debe ser lo más parecido a un monumento sonoro que culmine con un himno de amor, dicen, y lo que hacemos algunos es escribir canciones de cabaret. Pero esa discusión está muy lejos, a cien mil kilómetros de distancia: mi laringe ahora solo habla al lado de Vera, y nunca dice algo inteligible.
NZC (New Zombie Culture), toma 7
NZC (New Zombie Culture), toma 7: Su realismo vigoroso a la hora de trazar personajes, su certero ojo crítico, la inmensidad de su narrativa, fruto de un hercúleo trabajo y de una enciclopédica documentación, todo esto convierte a La Comedia Zombi en una completísima y compleja obra de arte que se sitúa en la cima del canon literario de nuestro siglo, dijo el celebrado intelectual español especializado en zombis para terminar su larga conferencia. Uno de los zetas que aún no se había largado de allí levantó la mano y preguntó, dirigiéndose al resto del público: ¿Quién va a hacerle un favor al mundo y va a destripar a este idiota?
Entrevistas desde fuera, toma 7
Entrevistas desde fuera, toma 7: Yo no sé muy bien qué es eso de una fosa séptica, pero debe de ser algo que suelta una peste de cojones, algo de agárrate y no te menees. Lo que sé es que esa noche vendí más birras que en toda mi puta vida. Ahí estaba la clientela, bebiendo como si el fin del mundo viajara en buga a la velocidad de la luz. Todo cristo tenía los ojos pegados a la tele de plasma, más que una cucaracha a un cenicero con cacahuetes, sin perder detalle de la masacre en el colegio de pijomierdas. Los tíos tenían los huevos hechos puré y las tías estaban más secas que la madrastra de Blancanieves. Que si han sido los zombis, que si han sido los primos terceros de Bin Laden, zombis por aquí, zombis por allá, qué vamos a hacer si les da por aparecer por aquí, eh, unos que nos vamos, otros que nos quedamos, y un listillo diciendo que al Polo Norte, que es una zona segura. Al Polo Norte se irá tu puta madre, cagado de mierda, y con ella tu descendencia de espermatozoides convertidos en Flan Dhul. El mundo está lleno de capullos que se tragan todo lo que sueltan por la tele.
Culos
Culos zombis. Podría contarle la verdad acerca de ellos. Trabajan mucho, y no solo como negros literarios para los aristócratas de la carne viva, le explico a Vera. También hay culos en otras ramas del arte. Por ejemplo, hay compositores zombis que entregan a un culo una partitura pianística para que esas dos nalgas elaboren la orquestación de una sinfonía zeta o de una banda sonora zeta. Incluso se ha dado el caso de supuestos autores que graban en una cinta magnetofónica el sonido de su voz zombi y luego se la pasan a un culo para que le dé forma, para que cree acordes a partir de un tarareo y armonice luego el conjunto. ¿Extrañarse por eso? ¿Es un delito, al margen de lo que digan los códigos de leyes humanas? Me da vergüenza admitirlo, pero sí, antes, en mi tiempo libre, saqué un sobresueldo haciendo de culo. Vera se ríe, como si lo que acabo de contar fuera un disparate.
El final (XII)
El final. Decenas de minúsculas lucecitas rojas se desplazaban como nerviosos insectos por la cabeza de la chica. Decenas de armas con mirilla telescópica que la apuntaban. No te muevas, ordenó un soldado justo detrás de ella. ¿Te gusta el ballet?, dijo ella. ¿Qué? Te he preguntado si te gusta el ballet. Quédate quieta. ¿Vas a disparar? Nos gustaría ayudarte. ¿Ayudarme, quieres ayudarme? Sí, acércate despacio. No me has dicho si te gusta el ballet. Te lo repito, acércate muy despacio. ¿Conoces El Pájaro de Fuego? Acércate y no hagas tonterías. Ahora puedo bailar mejor que antes, mírame.
Ella se incorporó y las radios recibieron entonces una misma orden. Los dedos índices presionaron los gatillos y los proyectiles gimieron al romper el aire.
La chica (XI)
La chica subió al tejado. Desde allí lo vio todo. Cómo ardían cuerpos. Cómo se desparramaban sobre el césped y la tierra. Cómo se confundían. Zombis descabezados por proyectiles y humanos descabezados por brazos zombis. Los soldados disparaban sin poner antes los ojos en las mirillas que distinguían a unos de otros. Lo que más tarde dijeron los noticiarios fue que unos terroristas habían tomado un instituto de secundaria, y que estaban locos, y que asesinaron a todos los rehenes, y que los soldados no pudieron hacer más. La chica, desde aquella altura, no pudo contar su versión.
Dedos
Dedos. Fue un accidente. Nada premeditado. Le pasé un objeto, no importa cuál ni para qué, y sus dedos se rozaron con los míos. Cada uno fue un brazo que quiso aferrarse a los otros. Dedos fríos y dedos vivos. Dedos zombis, inertes, y dedos que algún día encogerían. Anclas que no querían partir del fondo, donde la arena; garfios que ataban diferentes embarcaciones; velas plegadas, aseguradas sobre sus cabos en la cara alta de una verga, en el grátil de una nave roja. Que cada cual escoja la metáfora marina que más le guste. Da lo mismo, ninguna sirve. Yo solo sé que aún me duelen las yemas.
Un soldado (X)
Un soldado entró en el lavabo de chicas. La encontró en el suelo, encogida como un feto abandonado a su suerte. El soldado dejó de apuntarle cuando la vio temblar. Quizá creyó que estaba muerta de miedo. Cuando estuvo lo bastante cerca, la chica se abalanzó sobre él. Una mancha en la retina, que debía ser amarilla, virada al rojo, y un árbol rojo, de ramas rojas, extendido por el iris. Eso es lo último que vio el soldado, los ojos hambrientos de un zombi.
La chica (IX)
La chica lo notó. Habían pasado varias horas desde que el zombi le había arañado. Cuando se inició el asalto al instituto, los no vivos empezaron la masacre. El mismo zombi que la había atacado abrió el abdomen del chico. Una rosca untada en brea, encendida, una guirnalda roja de varios metros que a ella le hizo llorar por última vez. La dejó vivir. Solo a ella. Porque iba a transformarse. La chica estuvo segura cuando se le secaron las lágrimas y percibió otro sentimiento en la boca del estómago. Al principio fue un cosquilleo agradable. Luego, una urgencia por unirse al festín.
Rodillas
Rodillas zombis. Se levantan de la cama por su cuenta y tratan de adecentar el lugar en el que la humana y yo vivimos. Esas rodillas deberían bajar ahora y comprar algo. Y también preparar unas tostadas. Por cierto, me apetece fruta. Y algún pastel, algo con chocolate. Té, no puede faltar. Y café para ella, que no se les olvide.
El asalto (VIII)
El asalto comenzó después de que devoraran a siete de los rehenes a la vista de todos. El primero en morir fue un periodista. Tenía una de las armas que los soldados empleaban contra los no vivos y la estaba examinando. En medio de aquel terror, el periodista dijo que era cierto: podía distinguir a los zombis de los humanos a través de la mira telescópica. Un proyectil de una de las unidades de asalto se inscrutó entonces en su bóveda craneal.
La chica (VII)
La chica se limpió el labio partido y enjugó la sangre que caía de una de sus cejas. Miró los arañazos que decoraban sus muslos y sus brazos. Recogió su ropa y se la puso. Pareció entonces más indefensa que cuando estaba desnuda. Siempre sucede lo mismo, dijo el zombi, todo es muy diferente a como lo planeamos. Seguro que tú, por ejemplo, jamás imaginaste que tu primera vez sería conmigo y de esta manera, añadió antes de conducirla de nuevo a su pupitre, con los otros alumnos.
Hombros
Hombros. Vera continúa tumbada en la cama con los ojos cerrados. La luz del sol se filtra hasta sus hombros. Sus hombros hablan, siempre hablan. Entran y salen de mí como quieren. Parecen frases que empiezan por cualquier palabra y se abandonan a capricho. Me acerco a sus hombros, abro las alas de la nariz e inspiro todo lo que puedo. Envidio la naturalidad que tienen: sus hombros son muy confiados. El sol se hace por completo visible en la habitación. Se refleja en el metal de sus hombros y me deslumbra. Ya que soy esclavo de sus hombros, me pregunto si al menos voy a poder sacar al sol de mis córneas.
El zombi (VI)
El zombi se puso sentimental: Una vez me ocurrió algo parecido a lo tuyo, hice recuento y me llevé una sorpresa. ¿Cuántas veces, desde que nos conocíamos, ella me había preguntado si yo necesitaba alguna cosa? ¿Alguna vez dijo al verme algo como qué tal estás? ¿Cuántas veces me buscó cuando tuvo un problema? ¿Confiábamos el uno en el otro? ¿Nos sincerábamos el uno con el otro? Después de contestar negativamente a todas esas preguntas, no me quedó otro remedio que aceptarlo. Así que no se te ocurra llorar por él.
El zombi le dio un pañuelo, para que se limpiara. El joven había respondido que prefería que se lo hiciera a ella, y ahora a la chica le faltaba el meñique de la mano izquierda.
El zombi le dio un pañuelo, para que se limpiara. El joven había respondido que prefería que se lo hiciera a ella, y ahora a la chica le faltaba el meñique de la mano izquierda.
La chica (V)
La chica no sabía qué contestar. Su secuestrador parecía bastante loco. Ella miró la nuca del joven, en la que destacaba un lunar plano y marrón con forma de isla que ella soñaba con acariciar. El zombi meneó la cabeza. Ella no responde y tú no te la mereces, le dijo al joven. Castañeteó los dientes como si masticara aire. Luego sujetó y levantó la mano izquierda del chico y le preguntó: ¿Te muerdo o le arranco uno a ella?
Orejas
Orejas. Apéndices zombis fríos, casi inútiles. Pero sin ellas, yo parecería un monstruo, y las orejas de Vera se escabullirían de mí cuando me vieran mutilado. Mis dientes rechinan por culpa de las orejas, por lo solas que están, por lo que lamentan no poder rozarse ahora con las de Vera, más calientes y blancas que las mías, y después de rechinar, lloran. Lágrimas que nacen en los dientes y caen en cascada a través de las comisuras de los labios. Los humanos, tan ciegos, se equivocan: no es saliva de zombi.
El profesor (IV)
El profesor al que habían arrancado la nariz y mordido en las pantorrillas estaba en el patio. Estaba solo y no podía escapar. Lo habían atado con una cadena al tronco de un árbol. Nadie podía ayudarle. Los zombis habían amenazado con masacrar a los rehenes si alguien intentaba un rescate. Entendieron de qué iba aquello unas horas después. Los zombis sacaron a dos chavales al patio y los ataron con cadenas. Luego desataron al profesor al que antes habían mordido. Las cámaras lo emitieron en directo: los gritos de los dos jóvenes mientras el profesor, transformado en zombi, los devoraba.
La chica (III)
La chica le pasó un papel doblado en cuatro partes. El joven lo miró asustado. ¿Qué quería aquella loca? Los zetas lo habían dejado claro: nada de hablar entre ellos, ni levantarse de los pupitres, ni mucho menos intentar escapar. Eran rehenes. Y solo había un castigo para el que desobedeciera. Ella estaba a punto de romper a llorar. Señaló el papel con unos ojos que suplicaban al joven que leyera aquella nota. Se interpuso entre ellos el zombi que los vigilaba, que cogió y desdobló el papel. Chica mala, dijo mientras lo leía. Luego añadió: Yo te sacaré de dudas: no.
Labios
Labios, quería morder sus labios, acariciar sus labios con mis dientes zombis, perderme en su boca, hundirme en la humedad y en la penumbra, besar a la humana desde el interior y convencerme de que nada más necesitaba morder, de que yo no volvería a alimentarme, de que seguiría allí, entre sus labios: me saciaría o me ahogaría en ellos.
La cuestión (II)
La cuestión era que tenían como rehenes a ochenta y tres adolescentes, a cinco profesores, a una mujer de la limpieza, a un celador, a tres administrativos y al director del instituto. Y lo que debían entender era que, ante todo, querían mucha atención. Estaban allí para que los miraran y grabaran, para que vieran lo que eran capaces de hacer y luego decidieran si existían o no.
La chica (I)
La chica le entregó una invitación al adolescente que se sentaba dos mesas por delante de ella en clase. El muchacho enarcó las cejas. Sujetó la entrada con dos dedos como si fuera a picarle. ¿Y esto?, preguntó. Academia de Ballet Pájaro de Fuego, dijo ella. El muchacho no entendía lo que le quería decir. Las alumnas de la academia damos una función el viernes y nos han dado dos invitaciones a cada una, explicó la chica. Ah, dijo él, y se dio la vuelta, dándole de nuevo la espalda. Enseguida se giró y preguntó: ¿Y cómo es que bailas? Me gusta, dijo la chica con una sonrisa. Pero estás un poco gorda para el ballet, comentó el joven. Ella dejó de sonreír. Ni siquiera había malicia en la manera que había tenido de soltarlo. Dejad eso para el recreo, dijo el zombi. Ambos se quedaron mudos. Era un miembro de una de las bandas zetas. Le había arrancado la nariz al profesor y la había colocado encima de la suya, como si la del maestro perteneciera al disfraz de un payaso.
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